Cuando no hay razón para un hecho o un conjunto de ellos, siempre acudimos a la palabra casualidad que nos salvaguarda de la búsqueda de cualquier explicación. Siempre sale a la luz. Sin embargo, a veces es peor eso que cualquier excusa barata, puesto que no está en tu mano. No sabes ese por qué tan necesario para las personas. Esa razón, ese motivo por lo que los acontecimientos se suceden.
En este caso, es cruel. Y a veces las situaciones no planeadas te ayudan a destapar mucho mueble viejo. Casualmente no es el momento ni el día para que pase lo que pasa. Gracias a ello uno se siente desnudo y solo ante todo lo demás. Y piensa que no lo están echando de menos.
Probablemente sea así y deba ser así, pero no es consuelo. Si me pides que este momento se de otro día, ya no será este mismo. Ya no será aquel en el que necesite tu hombro. Será aquel en que lo rechace.
No hay manera en que este momento se pueda convertir en bueno.
Parece no haber criterio. O mejor dicho, si, uno muy claro. Ese en el que unos están solos mientras otros excesivamente acompañados. Ese que rodea en sobremanera a tantos y que desnuda a unos pocos.
Realmente, todas las personas necesitan a alguien que les quiera. Pero eso no basta. El sentimiento es la raíz, no la copa del árbol. Del sentimiento sale todo lo demás. El demostrar y sobre todo el querer demostrar es lo realmente importante. Escuchar, comprender, sacrificar... A veces no entiendo la diferencia de dos horas antes o después si el cometido es ese.
Quizás a las 12 y media de un sábado ya es demasiado tarde para demostrar sentimientos...